Entrevista al isleño Miguel Domínguez: “La montaña te emborracha, te pide más y hay que tener sentido común”

miguel dominguezEntrevista al jefe del Greim de Boltaña, que pasa a la reserva el próximo domingo

Miguel Domínguez, el jefe del Grupo de Rescate Especial e Intervención en Montaña (Greim) de Boltaña, pasa oficialmente a la reserva el próximo domingo, con 60 años y tras casi 42 –los cumpliría en julio– de servicio en los que se ha convertido en el decano de los socorristas de montaña españoles y en un testigo privilegiado de lo que han evolucionado los rescates.

–¿Cómo llega un onubense de Isla Cristina a Boltaña?

–Pues fue en 1974, con 18 añitos, después de tres de formación. Yo soy hijo del cuerpo, y empezábamos muy jovencitos. El primer destino era forzoso, y me tocó el Grupo de Esquiadores y Escaladores, como se llamaba entonces. Como cualquier joven llegué con la maleta llena de proyectos, y no pensaba quedarme más allá de cuatro años. Planeaba otra especialidad, tráfico o desactivación de explosivos… Pero el Pirineo engancha, con su belleza. Y me casé en Boltaña.

–Será difícil resumir lo que han evolucionado los rescates…

–No tienen nada que ver. Piense que había solo dos grupos, en Jaca y Boltaña (ahora hay 5), y se hacían entre 20 y 40 rescates al año, cuando ahora llegamos a 400. El 95% de ellos se hacía a pie. Esto requería mucho personal, éramos 24 solo en Boltaña, y muchas horas. Teníamos que trasladar al accidentado a hombros, con una camilla.

–¿Lograban acceder a todos los lugares andando?

–Para casos extremos había un convenio con la Gendarmería francesa, para incorporar su helicóptero, pero podía tardar cuatro horas.

–¿Pero el trabajo se ha mantenido?

–El perfil del socorrista, antes, tenía que tener un gran físico, piernas y espaldas anchas para cargar al herido y el material, que era muy pesado. En un rescate en el Monte Perdido tardamos entre 15 y 20 horas en bajar a un accidentado. Mirábamos con envidia a los franceses. Pero a base de escritos, informes, la ayuda de las federaciones de montaña –aragonesa y española–, llegaron los primeros helicópteros (en 1981) y lo cambiaron todo: hubo que especializarse en trabajar en vuelo, en grúas…

–¿El turismo no les ha dado demasiado trabajo?

–En Huesca, desde 1985 comenzó el auge del barranquismo, la mayoría eran franceses, y se apoderaron de Rodellar y Alquézar. Luego llegó la espeleología, el ala delta, el parapente… Y el Pirineo comenzó a atraer a visitantes, no solo expertos. Por ello nos formamos, y hoy el perfil del socorrista es polivalente, experto en todos los terrenos y con unos requisitos físicos y técnicos del 100%. Estamos catalogados entre los cuatro mejores servicios a nivel mundial. Ya no hay que envidiar a nadie.

–¿Cómo se viven los rescates que no acaban bien?

–El resultado muchas veces no depende de nosotros, lo que intentamos es que nuestra llegada sirva. Y esto mejoró mucho cuando, hace 13 o 14 años, incorporamos especialistas sanitarios. Queremos llegar rápido y no damos a nadie por muerto, eso que lo diga el médico.

–¿Qué es lo que peor lleva?

–Que detrás de cada fallecido hay un drama familiar. No es estrictamente nuestro trabajo, pero por humanidad hay que acompañar a la familia a buscar alojamiento, al juzgado o al tanatorio. Llegan a un sitio que no conocen, y hay que facilitar las cosas. Es lo peor, el frecuente contacto con el drama.

–¿Y lo mejor?

–El 80% del trabajo es lo mejor, incluso en casos con heridas graves podemos llegar a tiempo, y cuando llamas al hospital y te dicen que evoluciona favorablemente, te sientes útil.

–¿Recuerda algún caso con especial cariño?

–Hace 6 o 7 años pasamos 11 días buscando a una desaparecida en un barranco de Ordesa, y la encontramos viva. Con otra en Bergua tardamos 5 o 6 días, con muy mal tiempo. Pero estaba viva, con la pierna rota, había aguantado como una jabata.

–¿Qué preferiría olvidar?

–Hemos tenido dos accidentes con compañeros fallecidos, uno en Jaca y otro en Panticosa, en el que yo estaba presente. Son los peores recuerdos, pero es lógico, tiene que suceder. Es un trabajo de riesgo, pero hay que minimizarlo con entrenamiento.

–Ahora que se va, ¿qué consejo principal dejaría?

–Yo comprendo que la montaña te emborracha, te pide más, y hay que tener sentido común, que no es fácil. Por ejemplo, con el reciente desaparecido en Bujaruelo tenemos cuatro en el Pirineo, y hay un factor común: iban solos. Esto es lo que nunca aconsejaría.

–Tírese flores, es el único español condecorado por la Organización Internacional de Socorro Alpino.

–Sí, tuve la suerte de tener el récord de rescates por aquella época, y me dieron la placa de plata. Lo mejor es que estuve una semana en Italia, con mi mujer, estupendamente (ríe).

–Hablando de mujer, ¿ya ha llegado la hora de regresar con ella a su tierra?

–He pasado dos tercios de mi vida en Boltaña y tengo a mi mujer, dos hijas y una nieta de seis años. Ni se me ocurre moverme, me tendría que ir solo (ríe). Pienso seguir en la montaña, pero a mi marcha, por una vez viendo el paisaje.

F. M. H.

http://www.elperiodicodearagon.com

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