De la madera al poliéster y la reconversión de la construcción naval en Isla Cristina

Julián García
Julián García

DE LA MADERA AL POLIESTER Y LA RECONVERSIÓN DE LOS ASTILLEROS ISLEÑOS

Isla Cristina siempre ha vivido de cara a la mar, desde su fundación en 1755, cuando pescadores catalanes y levantinos usaron el enclave como lugar de paso donde dejar los aparejos de pesca tras cada temporada

Pronto aparecerían los carpinteros de ribera y sus astilleros, que tras décadas de esplendor, se han visto obligados a reconvertirse, pasándose de la madera al poliéster

Isla Cristina sigue siendo uno de los puertos más importantes de Andalucía, ostentando el récord en venta de pescado y marisco fresco, gracias a las 250 embarcaciones que a diario descargan sus productos en la lonja local. De éstas, más de 200 pertenecen a empresas isleñas, el resto, a otras poblaciones y provincias que eligieron la localidad como base para sus ventas.

Alrededor de todo este entramado económico, a principios del siglo XIX, nacen los primeros astilleros que se ubicaron en la calle Astilleros y Cervantes, ahora casco urbano. Más adelante se trasladarían a donde actualmente los conocemos, “al otro lado del puente”, en la Barriada “Román Pérez”, por entonces término municipal de Ayamonte y que, tras arduas negociaciones entre ambos consistorios, pasaría a depender definitivamente al de Isla Cristina, en 1922.

Desde sus raíles de hierro se han botado a la Ría Carreras centenares de barcos de madera, casi todos de pesca. Desde los pocos metros que posee una modesta patera, hasta los que sobrepasaban los quince y con motores de 500 caballos de potencia. Eran otros tiempos. Además de planos precisos, conocimiento de construcción naval y estudios universitario del ingeniero, se confiaba en otras virtudes natas como la sabiduría, ingenio y experiencia de décadas que poseían los afamados carpinteros de ribera isleños. Encargar un barco a estos profesionales era garantía de éxito, navegabilidad, durabilidad y ahorro de combustible.

Estos marineros de tierra seca, ya jubilados, recuerdan empuñar un formón desde cortas edades. Pendientes de lo que hacían sus mayores, unos, y autodidactas, los otros, coinciden en hablar con añoranza de los años dorados de la construcción naval isleña, allá por la década de los sesenta, cuando la localidad contaba con una floreciente industria sardinera, heredera de la atunera de los años cuarenta y los obsoletos barcos a vapor que abarrotaban el muelle.

José Zamudio es uno de ellos. En su pequeño taller, situado junto al puerto, rodeado de embarcaciones en miniatura, otras a medio hacer, un intenso y agradable olor a madera y cola de carpintero, llena la antigua nave de vigas de madera y tejas de barro. Cuenta que aprendió la profesión de su padre y abuelo, llegados de Portugal. Su primera maqueta la construyó a los doce años y le puso de nombre de El Niño de los Mares. A partir de ahí, llegarían los tres primeros barcos de verdad, antes de cumplir el servicio militar obligatorio, luego, ya licenciado e inmerso de lleno en su profesión, construiría más de cien, hasta que se jubiló.

A él le cogió de lleno la primera de las reconversiones que desde siempre, y aún continúan, azotan al sector pesquero. Fue el cambio de la vela al motor. Zamudio aún recuerda el primero que montó en un barco. Tenía tan solo siete caballos de potencia, ahora sobrepasan los mil, la diferencia es bestial. Con nostalgia recuerda que la época dorada de la construcción naval en Isla Cristina fue entre el 1960 y 1970, “no dábamos a vasto para tanta demanda, yo construía hasta tres barcos al año”. Los encargos eran tan prolíficos que hasta el tabernero de la esquina los recogía para, luego, pasárselo a Zamudio, que siempre lo tuvo claro, “hasta que no terminaba uno, no me hacía cargo de otro porque no quería incumplir las fechas de entrega”.

La fama de los Zamudio llega hasta la Comisión Nacional del V Centenario del Descubrimiento de América que les hace un encargo muy especial, la construcción de una réplica de la carabela Pinta para exhibirla, junto a otras de la Santa María y la Niña, en la Exposición Universal de Sevilla de 1992. Recuerda muchos inconvenientes debido al secretismo que les exigieron pero cumplió con el contrato, construyéndola en una nave aneja a la Fábrica de Hielo y de la que se tuvo que derruir parte de su fachada para poder botarla con dos grandes grúas. Contó con la visita de SAR la Infanta Cristina, que estampó la botella de cava contra el costado, mientras sonaba el estreno de Oda a Las Américas, de la Coral Polifónica Isla Cristina. Luego, como ya es sabido, emprendería el viaje a América con éxito y ahora descansa, junto a sus hermanas, en la Isla de la Cartuja sevillana. Después vendrían la construcción de otra Santa María, que sustituyó a la primera que vino desde Barcelona con defectos en su popa, y por último la nao Victoria, de la cual, a pesar de lo sucedido, se siente orgulloso porque demostró que navegaba tan bien que dio varias veces la vuelta al mundo. A partir de ahí, Zamudio se retiró y no emprendió el camino del poliéster. Dice que le pilló mayor y con recelos hacia la fibra de vidrio, material principal usado en la construcción de estas embarcaciones. Finalmente vendería el astillero a alguien que sí inicio ese viaje.

Julián García Cabalga recuerda sus comienzos que, coincidentemente, fue a la misma edad que Zamudio, a los doce años. Pero hasta regresar de la mili no se decide montar su propia empresa, ya que siempre le gustó trabajar por su cuenta. Y a pesar de llevar un tiempo jubilado, pasa todos los días por el varadero que perteneció a los Zamudio. Ahora lo llevan sus hijos y continúan construyendo barcos de poliéster. Uno de los últimos, con veinte metros de eslora, ya flota en la ría, otro, con el casco concluido, espera en una gran nave para ser revestido y el siguiente ya se intuye, están terminando el molde o “maniquí” de madera. Y van treinta.

El cambio de la madera al poliéster, Julián, lo recuerda con mucha incertidumbre, incluso con algo de miedo por no conocer la técnica de los materiales y su uso para la construcción. No recibió ningún curso, ni ayuda de personal cualificado, simplemente se arriesgó y aplicó todos sus conocimientos adquiridos durante los años como carpintero de ribera al diseño por ordenador y la fibra de vidrio. Esto le requería mucho tiempo. Reconoce haber estado obsesionado con los primeros barcos que salieron de sus astilleros, “tenía la mente puesta en el diseño las veinticuatro horas del día”, se levantaba y acostaba pensando en medidas, planos y diseños, al fin y al cabo, no podía permitirse fracasar en ninguno, “hubiera sido mi ruina”. Tuvo éxito y el Nuevo Pateque fue el primero de los pesqueros de su nueva etapa como constructor en poliéster, lo que le reportó cierto prestigio en la profesión.

Estos son solo dos ejemplos de los astilleros isleños, de sus profesionales que les dieron prestigio a la construcción de barcos en Isla Cristina y cuyos nombres, con los de otros tantos, irán unidos para siempre al relato de la historia de la localidad. Así se construye un pasado y deseable sería que las generaciones venideras lo conocieran y se sintieran orgullosos del sacrificio y buen trabajo de los antepasados.

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